Abogado, Ingeniero. curioso

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Recordais la entrada de ¿ me estaré transtornando ? Ahora sigue el transtorno

La única solución para atenuar la tensa situación fue llamar a la perendeca de turno para que con las hojas de la matalahúga traída de Oriente intentase atafagar al zurambático criado antes de que preso de ira soltase el arraclán entre los presentes. Con esta actitud el dueño de la casa pretendía acrisolar dentro de lo posible la dramática situación, circunstancia que no había conseguido con el generoso rioja servido con el tragavino.



CAPITULO II Maniobra de distracción


La perendeca además de vender sus encantos, propio de su oficio, una vez desprendida de sus ponlevíes, se llevó a los presentes a lanzar el papalote en la playa próxima al puerto en que estaban todos los suntuosos barcos de los invitados amarrados en sus correspondientes norays . Los invitados se debelaron a sus encantos y mientras tanto, el zurambático criado miraba como el papalote dibujaba en el aire las cabriolas más inimaginables. Observar la cara del pasmado era una gozada indescriptible. El espectáculo hizo olvidar a los presentes casi todo, es decir: el ñango desparramado, al ñengo criado, el coñaceo de este último, el gatuperio servido, al chozno xenogleando,. Ya solo tenían ojos para la descalza perendeca , su papalote, término que no debe confundirse con ninguna otra parte de su hermoso cuerpo o sus otras virtudes que para no atafagar al personal no revelaré.


Mientras todo eso sucedía en la playa, en la habitación del ágape , el ínclito que como recordareis no era otro que el anfitrión de la casa pesar de los esfuerzos del hasta entonces llamado ínclito , intentaba con todas sus fuerzas arrojar de la estancia al goliardo de su cuñado que pretendía coñacear y descuajaringar los escasos enseres de la estancia habilitada como merendero y acabar con las pocas viandas que quedaban.


No se lo iba a permitir pues tanto los muebles como las viandas le eran necesarios para la próxima comida. Sobre todo la vitrola que junto con la matalahúga atafagaba a los comensales provocando el éxtasis en ellos. Si tenía que enviudar a su hermana lo haría. Estaba harto de garrulos con los que cualquier didascalia era inútil y con los que no cabía oscitancia alguna.


En última instancia avisaría a los soldados encargados de su protección y previa paga de un prest generoso les pediría extremasen la vigilancia de los aposentos, no fuera el caso de que aparecieran más goliardos en apoyo del anterior.


Ahora al cabo del tiempo se daba cuenta que la sensación de un ectoplasma vagando por la sala , que habían tenido durante la comida, era real y se correspondía con el mortinato de su hermana y su marido, el goliardo, probablemente con su presencia había querido avisar de los acontecimientos futuros.


CAPITULO III. A lo lejos.


Mientras todo esto que os narro, totalmente veraz creerme, estaba sucediendo, a mucha distancia se producían otros hechos que debéis conocer y que por eso os voy a contar.


En una gran estancia, con muchos muebles pero con poco público, se oían los sones de un cálamo interpretando dulces canciones medievales propias de otra época. Parecía como si la máquina del túnel del tiempo hubiera transportado todo a momentos muy anteriores al los que sucedían los hechos que voy a contar.


Bajo los influjos de la música escucharon la melodiosa voz del narrador que contaba:


Erase una vez un sitibundo cazador que atravesando la selva amazónica se recostó bajo la sombra que proporcionaban unas ayahuascas de las que ignoraba sus propiedades alucinógenas. Para calmar su sed producida por un exceso de pizpierno, probó unas cuantas hierbas y rápidamente entró en un mundo de sensaciones del que cualquier ditirambo se hubiera quedado pequeño al describirlas. No se trataba de un cuestión “noli me tangere”. Estaba sujeta a discusión por la comunidad médica de la civilización de la que provenía el cazador si los alucinógenos, con moderación, eran beneficiosos para la salud o por el contrario , seriamente perjudiciales.
El narrador no era un estulto, sino todo lo contrario. A base de esfuerzo había conseguido pasar de crápula a convertirse en un alfaquí, docto en leyes musulmanas y en consecuencia legitimado para ser creído en la historia sobre el cazador que contaba apoyado en el ajimez y bajo el viento de poniente que se conocía como céfiro. La barbacana que habían construido no era suficientemente eficaz para evitar este céfiro
Un weimarés venido de la Alta Sajonia que le escuchaba atentamente y que con el tiempo vendría en convertirse en el oíslo del narrador, se tocó el píspelo que le había crecido y que le molestaba casi tanto como a la figulina que se apoyaba en la repisa de la ventana.
El citado weimares que se había despojado del insufrible velmez que a modo de pijama protector llevaba bajo la armadura propuso al alfaquí una partida de ludo que le distrajese de aquel florilegio que acababa de contar y que seguro le había supuesto un gran esfuerzo narrativo.  El alfaqui recibió la propuesta con alharaca y pintiparada para la ocasión.
CAPITULO IV.  El socotroco
Acabada la partida y considerando que había llegado el momento de reanudar el relato.
Habíamos dejado al sitibundo cazador bajo la sombre de las ayahuascas, saboreando su dulce pulpa y bajo el influjo alucinógeno de las mismas, arrullado por el zurear de las palomas.. En el barco con el que había llegado a la zona amazónica quedaban en la santabárbara, tapada la puerta por precaución con un abultado casquijo, todas las armas y el litargirio. Es decir que estaba totalmente indefenso ante cualquier ataque de las tribus amazónicas, tan salvajes  ellas,  que habitaban en la zona a la que había llegado desde la costa.
Con gran esfuerzo físico y mental consiguió incorporase y al ver aquel socotroco delante de él sintió un pánico indescifrable pues lo esgrimía amenazadoramente un indígena con cara de pocos amigos  recubierta de pintura de  guerrero.
Recordó con nostalgia las armas olvidadas en el barco, intentar correr hacía la santabárbara, retirar el casquijo y defenderse del socotroco se la hacía una empresa imposible.
 ¿Qué hacer? Se preguntaba mientras  los cenzontles de pecho y plumas blancas ,  llegados de lejanos parajes de América del Norte dejaban oír  sus armoniosos  y melodiosos cantos. Correr de nada serviría pues los indígenas le alcanzarían con sus jáculos  impregnados en la punta con una substancia venenosa que no le permitiría desplazarse ni 100 metros.
En la lejanía divisó un frondoso bosque con abundantes árboles de matalahúga, cubierto por una sábana de quitameriendas. Si conseguía llegar a él, atrayendo detrás de sí a los indígenas, tal vez quedarían bajo la influencia de esta planta anestesiados por sus efluvios y él podría huir a lugares más seguros donde el almoraduj con su perfume atenuase el mal olor de la selva amazónica que dejaba atrás. En cualquier caso, tomaría un pichintún de nepente que le evitaría la zangarriana que sin duda le aquejaría después de los sucesos que estoy narrando.
Me olvidada decir que todo ocurría en el equinoccio vernal cuando la luz primaveral gana la partida a la oscuridad.  Esta circunstancia agravaba la situación del cazador amazónico impidiendo que se ocultase de los indígenas que le perseguían.
Pensó en adoptar una conducta delusiva, pero al final optó por  la única decisión que podía, que no era otra que correr, correr, correr, sin mirar atrás , confiando en la Divina Providencia en la que por cierto nunca había creído hasta entonces. En su loca fuga tropezó con un madero disimulado por aljumas desprendidas de los pinos y que algún leñador depravado había dejado sobre el camino quedando inconsciente sobre el suelo al golpearse con el leño. Durante el intervalo que duró su estado soñó con los sucesos que seguidamente, sin más dilación, pasaré a contar.
CAPITULO V. El astuto vendedor.
Sin decir  ni Chus,  en silencio, sin hablar, el viajante  se desplazaba de pueblo en pueblo con su viejo carromato. Aparentemente no vendía nada, aunque su medio de transporte estaba atiborrado de cachivaches. Sólo cuando llegaba a su lugar de destino, descargaba su mercancía, la extendía sobre la tierra que cubría la plaza mayor del pueblo y comenzaba a hablar ininterrumpidamente anunciando su mercancía y los precios a los que la ofrecía.
El curiche muchacho se quedó abobado mirando aquel extraño objeto de latón que presentaba un lustre especial, probablemente obra del viajante, a base de frotarlo con toda clase de potingues limpiadores.
El vendedor observaba los atentos ojos del chico sobre los objetos y especialmente sobre el candelabro refulgente que según noticias fidedignas perteneció a un antiguo exarca de Constantinopla. Tal vez a Focas. Se acercó al posible comprador para hablar con él y conocer de su interés por el objeto y sobre todo sus posibilidades económicas.
Al conocer  las escasas monedas que llevaba en su taleguilla, el astuto vendedor perdió su interés comercial y para divertirse a costa de pobre muchacho comenzó a contarle una historia inventada, sobre criminales sometidos a la hervencia que como sabéis es una especie de macabro suplicio que consiste en cocer al acusado en una cazuela y colgar sus huesos en los caminos con intención educativa. He aquí la historia:
Erase una vez un musulmán descendiente de los Zegris y que era conocido entre sus congéneres por curar la alferecía, especie de enfermedad de algunas personas sometidas a convulsiones parecidas a la epilepsia. Tenía esa habilidad por sus conocimientos de dendrografía adquiridos durante su estancia entre los indios de cara niste que ocupaban la mayor parte del Asia Oriental y que le habían enseñado `las técnicas de curación.
El citado zegrí había leído mucho sobre la antigua Roma y sus cárceles, llamadas ergástulas. No todos los que estaban en ellas eran delincuentes. Algunos lo estaban por sus ideas contrarias a las del Imperio. Es decir por motivos estrictamente políticos como bien ha quedado reflejado en los escritos que los recluidos en la ergástula habían redactado con el sistema de escritura bustrófedon con el único objeto de que sus carceleros romanos ignorantes de este sistema de escritura no pudieran descifrar lo que se contenía en dichos escritos.
El único riesgo que se tenía con estos escritos relatando las atrocidades sufridas durante su cautiverio es que el político sufriera una paramnesia y relatase situaciones no ocurridas producto solo de la angustia que estaba padeciendo. En cualquier caso estos escritos que nos han llegado son de un valor incalculable para conocer la historia de la Antigua Roma. Especialmente interesantes eran los estrambotes que el escritor añadía al final de su historia versificada. Había que ser un poco zorrocloco para no entender el mensaje que contenían estos finales versificados.




INSISTO EN QUE LAS PALABRAS EN ROJO ESTAN CONTENIDAS EN EL REAL DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA.